Akundunz

Nov 02

Una nueva especie de timosaurio.

Una nueva especie de timosaurio.

Aug 24

Asamblea General DEP: Declaración DEP - U CHILE ante los sucesos actuales // DIFUNDIR! -

estudiantesdep:

A la opinión pública,

A la sociedad completa,

A quienes quieran escucharnos.

Desde el Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile, donde reciben formación docente licenciados de distintas disciplinas de esta y otras casas de estudio, nos…

(via estudiantesdep-deactivated20130)

Jul 21

“Demostraciones ciudadanas, ¿masas o soberanía?” (Gabriel Salazar)

DEMOSTRACIONES CIUDADANAS:

¿MASAS O SOBERANÍA?

Gabriel Salazar V.

En el año 2011 es posible observar un cambio significativo en las manifestaciones sociales sobre el espacio público chileno, el cual es preciso identificar, escrutar y, con toda probabilidad, apoyar: se trata de movilizaciones en las que, junto a las rutinas ya conocidas de una típica acción de masas (desfiles, marchas, protestas, pancartas, gritos, consignas, cánticos, desórdenes, petitorios a las autoridades, inicio de “conversaciones”, etc.), despuntan manifestaciones propias de un movimiento de ciudadanos. Y si esto es así, estamos en presencia de un proceso histórico altamente significativo.

De que lo que se está presenciando hoy es, probablemente, un movimiento de ciudadanos y no uno de masas, es porque se está registrando: a) la realización de asambleas espontáneas, no convocadas ni dirigidas por grupos político-partidarios, ni por agentes del Estado; b) la presión colectiva por ‘petitorios’ que, a la vez, son ‘propuestas’ complejas (re-estatización de la educación pública, definición de una política energética congruente con el medio ambiente, reestructuración del sistema universitario, etc.); c) convergencia de múltiples actores sociales sobre una misma propuesta de alcance nacional y no de mera reivindicación gremial (aumento de salarios para paliar el alza de precios, por ejemplo, como ocurría antes de 1973); d) recurrencia, con aumento progresivo, de movilizaciones múltiples sobre el espacio público; e) síntomas de desacato respecto de las autoridades locales o regionales (caso del paro comunitario de Magallanes); f) permanencia de bajísimos grados de confiabilidad y credibilidad ciudadanas en los partidos políticos y en los políticos profesionales (develados por encuestas referidas a la institucionalidad política, no sólo al prestigio de cada cual); g) popularización de la idea de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente libremente electa, etc.

No hay duda: la base social se está transformando, desde su tradicional actitud demandante y peticionista propia del movimiento de masas (sustentada para todo efecto en la lógica de la ‘conducción desde arriba’, privilegiando el Estado), que fue propia del período 1938-1973, a una actitud cívica proponente, que tiende a desarrollarse conforme la lógica de la soberanía popular, ‘desde abajo’, privilegiando la Sociedad Civil. Es un cambio de trascendencia histórica. Y no ha sido ni es un cambio súbito, repentino: las transiciones ciudadanas, que son de naturaleza ‘cultural’ (dependen de mecanismos propios de auto-educación), son lentas, la mayor parte del tiempo invisibles, pero, una vez que alcanzan, bajo tierra, suficiente densidad cultural, irrumpen en la superficie. No por casualidad, sino por una tectónica de necesidad imperiosa. Y si salen a la superficie del espacio público, es porque necesitan, pueden y deben quedarse allí. Por eso es necesario reconocerlas, detectar su profundidad, cooperar con ellas y, sobre todo, no oponerse: son insistentes. Tienen raíces y savia propias. Y monopolizan, de facto y por derecho, el verdadero poder.

La transición ciudadana ‘por abajo’ que hoy está asomando sus múltiples cabezas en el espacio público no se inició ayer. De hecho, tiene una línea genealógica que se remonta, al menos, medio siglo atrás: sus primeros brotes surgieron, aproximadamente, entre 1965 y 1968, cuando la juventud rebelde comenzó a plantear la “vía no capitalista al desarrollo” y la “vía no parlamentarista al socialismo”, y cuando las múltiples ‘tomas de terreno’ de los pobladores se fueron transformando en brotes de poder popular (tomas de fábricas, tomas de universidades, cordones industriales, comandos comunales, asambleas del pueblo, etc.), desafiando desde la calle el establishment del Estado, la Constitución y los partidos políticos. Fue un proceso caudaloso, intenso, profundo, pero breve: no logró desplegar completamente sus potencialidades y fue barrido por el golpe militar de 1973. No logró generar, tampoco, su propia teoría. Sin embargo, la dictadura del general Pinochet provocó, por carambola, un desarrollo importante de ese incipiente poder: separó violentamente el Estado (populista) de la Sociedad Civil (peticionista), para instalar, entre ambos, la poco amigable mole del Mercado. Al hacerlo, aisló la base social (popular) y la volcó hacia adentro, obligándola, en cierto modo, a depender de sí misma, por sí misma y en sí misma (surgieron entonces las ollas comunes, los comprando juntos, los grupos de salud, los talleres productivos, los colectivos culturales, nuevos grupos de lucha armada, etc.). Es decir: generó condiciones para que el incipiente poder popular del período 1965-1973, al ser volcado de lleno sobre sí mismo, pudiera desplegarse en diversas direcciones. Y fue por esto mismo que el movimiento social, afincado ya en su capacidad auto-gestionaria, opuso 22 jornadas de protesta nacional contra la dictadura entre 1983 y 1987, al extremo que el dictador, ante eso – su método de tortura no le servía para erradicar protestas nacionales, y un genocidio masivo, en plena calle, era un suicidio político –, tuvo que ceder. Porque, con esas protestas, su hoja de servicios, en cuanto a mantener sujeta a ‘gobernabilidad’ la sociedad civil, estaba quedando impresentable ante las nerviosas consultoras de riesgo del capital financiero internacional. Por eso, negoció. La soberanía popular, arrinconada por la represión, pero con una identidad propia más viva que nunca, pese al costo en vidas, tortura, desempleo y hambre, ganó, históricamente, esa partida. Esa transición ciudadana (por abajo), fue, pues, exitosa. Y esa victoria quedó grabada a fuego en la memoria popular. Sobre todo, en la de la juventud. Y en la memoria social, nada se olvida: se transforma.

La transición política de los políticos, en cambio – como se sabe – se movió en sentido contrario: se inclinó, ávidamente, ante el legado ofrecido por Pinochet, de modo que lo aceptó y, luego, lo administró. A la mirada del movimiento popular, esa transición por arriba constituyó, en su memoria, una traición de proporciones históricas. Pues, ante ella ¿de qué sirvieron las 22 jornadas de protesta, las muertes, el hambre, la tortura?… Y fue hacia 1993 que el movimiento popular comprendió a cabalidad lo que realmente había ocurrido. Y ese año fue bautizado como “el año del desencanto”. La desilusión inicial respecto a los políticos y de ‘la política’. Pero también fue el año del desconcierto. De la confusión. El poder popular luchó entre 1968 y 1973 para radicalizar el proceso revolucionario, más allá de lo que lo estaban llevando los camaradas que operaban en la super-estructura político-estatal. Y por eso trabajó como trabajó, en la certeza de que, arriba de él, operaban otros camaradas, con los que había diferencias tácticas, pero no experiencias de traición. La soledad relativa en que Pinochet dejó la clase popular desde 1973, fue de este modo profundizada y agudizada por los políticos que pactaron la transición ‘por arriba’ (1986-1990), pues, con ella, la clase popular se halló en una situación inédita, que no había experimentado nunca antes, pues, esta vez, además de no contar ya con un Estado populista sobre sus cabezas, se quedó sin Izquierda Política. Tal vez, esta soledad recargada caló más profundo que la provocada por Pinochet. Dolió más en el alma. Y obligó, por tanto, a reconstruir la rebeldía desde fondos subjetivos e inter-subjetivos inexplorados. El desafío era nuevo y de muy difícil remonte. Por eso, desde 1993 (año del desencanto) hasta 1998 o tal vez 2000, la juventud poblacional no halló un cauce histórico pre-constituido por donde proyectar su descontento. Fue un período en que la ciudadanía popular, estupefacta, se dedicó a explorarse a sí misma y a ensayar cualquier cosa. Sin embargo, en su conciencia colectiva, las memorias del ‘poder popular’ (1965-1973) y las del período de las ‘protestas nacionales’ (1983-1987) comenzaron a mezclarse y fusionarse con la emergente memoria fresca del Mercado en democracia neoliberal (1990 en adelante). Lentamente. Macerando todos los múltiples recuerdos. Subterráneamente…

Fue la crisis asiática de 1997-1998 la que permitió comparar, en ese contexto, lo que crecía por dentro y lo que dolía por fuera. Y aparecieron las primeras manifestaciones sociales de nuevo tipo. El (lento) proceso auto-educativo comenzó a mostrar sus primeros frutos. Pero el magma profundo de ese proceso seguía revolviéndose, en su mayor parte, lentamente, bajo tierra. De modo que nadie previó el impensado “mochilazo” que los estudiantes secundarios, en el 2004, le propinaron al gobierno de Ricardo Lagos. Ni menos previeron que esa ‘filtración’ puntual tuviera, en el 2005 y aun el 2006 (gobierno de Michelle Bachelet) una primera erupción completa: la llamada “revolución pingüina”… ¿Por qué razón histórica la primera manifestación de soberanía ciudadana tuvo lugar entre los adolescentes y los estudiantes secundarios? ¿Por qué fueron ellos los que aparecieron funcionando al modo de que todo debía ‘discutirse’ en asamblea, todo ‘decidirse’ en asamblea y que nadie podía aparecer como ‘dirigente’ de nada, sino, sólo, como ‘vocero’ de la voluntad explícita de las bases? ¿Por qué fueron ellos los que dieron vida a las redes sociales horizontales (abandonando la idea de una organización estatutaria y jerárquica), al punto que movilizaron más de un millón de estudiantes a todo lo largo de Chile, tanto de colegios públicos como privados? ¿Acaso porque nacieron y vivieron – llenando hasta el tope su memoria joven – con prístina crudeza y en carne propia, la lejanía del Estado, la omnipresencia del Mercado, la enajenación de la Centro-Izquierda y la necesidad, por tanto, de hacerlo todo por sí mismo, en compañía fraternal con todos los iguales a uno?

Naturalmente, ni los adultos ni, por supuesto, los políticos profesionales supieron leer la profundidad del iceberg que traían los adolescentes. Y con un típico Comité de Notables (adultos y peritos) creyeron exorcizar el fenómeno. Y lo consiguieron, en apariencia. Pero la nueva cultura rebelde de los estudiantes formaba parte, de hecho, de una fiebre contagiosa que ya estaba extendida en muchas direcciones, bajo la piel. Pronto se descubrió que había trepado por las escaleras de la edad, y había entrado, en masa, a la Universidad. Que también la padecían, de distinto modo, la juventud popular, los profesores, los profesionales. Y se consolidaron por doquier las mismas prácticas: asamblea y red; protesta y propuesta; debate y consenso; plática y acción. El resultado de todo eso fue patente: descuelgue general de los partidos políticos. Desdeño de ‘la’ política profesional. E incluso del Estado. ¿Cuán profunda ha sido la auto-educación popular desde 1965 y cuán extensa la auto-percepción de autonomía social y soberanía popular que ha traído consigo?… Como quiera que sea, estalló de nuevo lo imprevisible: 2010, terremoto en el sur, destrucción de ciudades y pueblos, maremoto y….saqueo de supermercados. Horror. ¿Cómo, cómo, era eso posible? Pero, al mismo tiempo: enorme respuesta solidaria popular (sus aportes triplicaron el de las ultra-televisadas grandes empresas) con los damnificados y para la reconstrucción; superior, de lejos, en términos cualitativos a lo hecho por el Estado en un año y medio desde entonces. Pero los bancos, impertérritos, siguieron cobrando tasas de hasta 40 % por sus líneas de crédito. Y las multi-tiendas, con los dientes afilados, un 15 % más que los bancos. Y para no ser menos, los créditos universitarios aumentan, tras la graduación, con los intereses respectivos (ley sagrada del sistema), hasta cinco veces la deuda original. Mientras la tasa de desocupación permanece fluctuando entre el 8 y el 10 % (con dudas técnicas). Los alimentos, lo mismo que el transporte público, aumentan sus precios entre un 30 y un 40 %. A mayor abundamiento, habida consideración de esas mismas burbujas, los ministros se quejan porque los millones que ganan constituyen un sueldo “reguleque”. Y para colmo, dos empresas hidroeléctricas logran excepcionales privilegios para construir cinco represas en la región más agreste y natural del país (Aysén). La presión del sistema sobre la ciudadanía ha seguido aumentando, pues, de modo inexorable (pese al ingreso de Chile en la OECD), en la seguridad de que la gobernabilidad alcanzada por la Concertación en sus 20 años de gobierno es una inversión en resiliencia cívica que permite eso y mucho más. Por eso, tal vez, vino después un gobierno de Derecha… ¿No se llegó con todo eso al punto cero en que el vaso se llenó, en que la auto-educación popular tomó conciencia de su autonomía y en el que fue necesario salir a la superficie y hacer oír la voz de las profundidades?

Vino entonces la explosión comunitaria de Magallanes. Después, una, dos, tres, cuatro protestas masivas por el contrato macro-capitalista de Hidro-Aysén. Que se mezclaron con una, dos, tres, cuatro protestas por la mercantilización absurda de todo el sistema educativo. Al punto que no sólo los secundarios salieron a la calle (200 colegios en toma), sino también el Colegio de Profesores, los académicos y aun los rectores de las universidades estatales, junto a profesionales y empleados públicos. Culminando con una movilización de agricultores y un paro nacional de estudiantes… Etc.

Ha sido, es y todavía será, por tanto, un movimiento social que, de un lado, ha echado mano de su vieja cultura de masas (desfiles hacia La Moneda, interpelación a ministros, pancartas y gritos) pero, de otra, ha sacado a relucir la autonomía-soledad que ha estado acumulando desde 1965-73 (poder popular) en su memoria, para ir ensayando fórmulas de presión y propuestas propias de una ciudadanía soberana. Y es obvio, por de pronto, que se estrellará contra un Estado que no reconocerá ningún impulso soberano que venga de la calle (nunca los Estados liberales chilenos los ha reconocido) y se negará a reformar estructuralmente un modelo que, en sí, para los vencedores militares de 1973 y los ganadores políticos de 1990, es perfecto (asegura globalización). Ni es reformable, por tanto, ni es perfectible. En tal circunstancia, el movimiento ciudadano tendrá que auto-aprender de sí mismo aun más soberanía: deberá volcarse de nuevo hacia adentro, esta vez para deliberar (asambleas propias), proponer leyes e, incluso, constituciones políticas. Y prepararse para imponerlas… Es decir: deberá ir desechando, progresivamente, sus viejos hábitos ‘de masa’ y perfeccionando, a la vez, el instrumental que ha estado fraguando y fogueando en su memoria y en sus comunidades locales desde 1965; a saber: el que corresponde a la verdadera ‘soberanía ciudadana’. Sin duda, el proceso que hoy se vive en Chile tomó ya esa dirección y hacia ese punto seguirá moviéndose.

¿Encontrará dificultades? Sin duda. La historia de Chile muestra que, cada vez que la ciudadanía adopta actitudes soberanas y se plantea en el espacio público en ese tenor, el Estado se ha sentido atacado, de modo privado (miedo a los saqueos propagados por el “bajo pueblo”) y de modo público (miedo al derrumbe del sistema político liberal). Razones de sobra para que los políticos y las elites en general (empresariales, militares y eclesiásticas) reaccionen nerviosamente, calificando el movimiento ciudadano de anarquista, subversivo, comunista, terrorista, etc. Polarizando la situación en blanco o negro. Orden o caos. Ley o anarquía. Y ante eso, defienden el Estado, se defienden ellos mismos, defienden todo (¡occidente!, ¡la libertad!); por eso, nerviosamente (porque no prima en ese punto la racionalidad política o histórica), reprimen. Y como no basta la policía (son los 2/3 de la sociedad civil los que normalmente se rebelan) se envía contra los subversivos el Ejército en formación de batalla. Resultado: 5 guerras civiles (siglo XIX) y 23 masacres de ciudadanos (sobre todo populares) entre 1810 y 2010. Suficiente como para que el espíritu ciudadano se asfixie en las mazmorras, en el cementerio y se pasme en el discurso público.

Lo dicho es una de las dificultades posibles para el movimiento soberano de la ciudadanía. Y no es un obstáculo menor. Otra dificultad, de apariencia indolora (no opera sobre la ‘piel’ de los ciudadanos), pero de importancia crucial, la constituyen las movidas que realizan las elites civiles oficiales a objeto de: a) cooptar el movimiento ciudadano para sus habituales circuitos funcionales de operación, b) apropiarse de sus ideas, demandas o discurso (matriz secular del populismo) y, tras todo eso, c) conducirlo a través de la legalidad vigente, donde, por supuesto, se diluye todo, por la osmosis reversa del sistema. Una variante de esta dificultad se presenta cuando el mismo movimiento genera una ‘dirigencia’, un ‘liderazgo elitista’ (oligarquía conductora) o una ‘personalización caudillista’, que, en la coyuntura clave, negocia en una misma mesa, a puerta cerrada, con las elites oficiales (o enemigas). El problema endémico de los movimientos sociales y ciudadanos consiste, pues, en cómo racionalizar su línea de avance, en tanto las situaciones que se enfrentan exigen, de algún modo, centralizar – al menos – la política de acción; es decir, adicionar a la práctica legislativa (asamblea y democracia) la práctica ejecutiva (unidad en la acción). O bien la clase política vigente, o bien el liderazgo propio, tienden a establecer un centralismo (o burocratismo) con clara tendencia a la enajenación, la oligarquización y, por consiguiente, a la traición. La legitimidad y la soberanía de los movimientos ciudadanos son, al momento de la acción crucial y el desenlace, desafortunadamente, bienes cívicos cooptables, objetivables, expropiables y traicionables… ¿Cómo evitar todo eso? ¿Cómo sortear estos obstáculos aparentemente indoloros?

No hay duda: los actores sociales necesitan llevar su auto-educación hasta las últimas consecuencias. No sólo deben conocerse a sí mismos (reconocer y lamer sus heridas históricas); no sólo deben conocer por dentro y por fuera a sus dominadores, y conocer la verdadera legitimidad, representatividad y eficiencia del sistema que los ‘estructura’, sino que también deben conocer y desarrollar a fondo el poder que encarnan, tanto el que deberán proyectar sobre el sistema, como el que deberán aplicarse a sí mismos para evitar la coopción alienante y la objetivación oligarquizante. La historia de Chile muestra cómo, en el pasado, los movimientos sociales utilizaron ciertos principios básicos para evitar eso y mantener la soberanía popular activa y vigilante: a) la consensuación democrática de las tareas a realizar, que se configuran como un mandato o instructivo ciudadano; b) elección de uno o más representantes (voceros, diputados, ejecutores, operadores) para la ejecución del mandato aprobado, entre los miembros históricos de la comunidad local; c) realimentación de los representantes durante su ejercicio, mediante el envío de instructivos complementarios; d) revocación de los representantes o mandantes si no están ejecutando el mandato según la voluntad de la base, y e) juicio de residencia (en la comunidad de base) del mandante, según la gestión que haya realizado, implicando aplauso o castigo. Es evidente que estas prácticas soberanas de auto-referencia, que estuvieron en uso (en más o en menos) en los movimientos ciudadanos de los períodos 1823-1829 y 1918-1925 no fueron nunca institucionalizadas en los sistemas políticos liberales impuestos ilegítimamente en 1833, 1925 y 1980. Nos son, pues, técnicamente, prácticas desconocidas, por desuso.

¿Podrán esas prácticas reaparecer en los movimientos ciudadanos de hoy?

Lo que cabe deducir de estas y otras reflexiones es que en rigor, históricamente, no existe un solo tipo de ‘política’ sino, al menos dos. Pues, de una parte, está la política que transcurre en el nivel de la representatividad y la constitucionalidad vigentes; es decir, ‘la’ política de los partidos, de los diputados, senadores, ministros, presidentes, etc. que giran por dentro y por fuera del Estado, regido, en este caso, por la Constitución (liberal) de 1980. ‘La’ política, por uso y abuso, es la de ‘los políticos’. Que es, por origen y funcionamiento, de naturaleza sistémica. Y por tener ese definido carácter funcional, la política por representatividad no conlleva en sí el problema histórico de su ‘modo de origen’ (su legitimidad o su ilegitimidad). No se lo pregunta: lo calla, olvida o ignora. Tampoco le resulta estructural el problema de su grado histórico de (alta o baja) ‘representatividad’, puesto que el juego mecánico de las elecciones lo disuelve funcionalmente en el próximo acto electoral. Y menos resiente el problema de su ‘ineficiencia’ histórica real, por la misma razón funcional anterior. ‘La’ política disuelve, pues, todos los problemas históricos que genera y enfrenta el sistema político como tal echando a andar, constantemente, los engranajes funcionales, móviles, de su maquinaria sistémica. De ese modo, traga, deglute y disuelve la historicidad ciudadana. Y por tanto, la soberanía.

De otra parte, sin embargo, está la política propia de la soberanía ciudadana. Se comprende que ésta, por origen y naturaleza, no es sistémica: no se rige necesariamente por la Constitución y las leyes porque es ella, y sólo ella, la que detenta, inherente e inalienablemente, el poder constituyente, del que deriva el legislativo. Trasciende, por tanto, la ley vigente. Es anterior y posterior al Estado. No se somete sino, más bien, instruye, fiscaliza y subordina a los políticos (que son, por mandato y función, esencialmente revocables). No opera pues a través de engranajes funcionales, sino por deliberación, consenso e imposición, pues se debe sólo a sí misma. Opera, en suma, en relación orgánica con su propia historicidad, según determine, no su conciencia de la legalidad, sino su conciencia histórica. Es por eso que la política de la soberanía popular se genera, comúnmente, fuera del Estado, al margen de la ley, a contrapelo de las clases políticas civil y militar. De ahí su ‘aparición’ disruptiva y marginal, su apariencia anarquista y subversiva, y las difíciles tareas que enfrenta: construir e imponer un pensamiento crítico, levantar alternativas, desmontar progresivamente los nidos artillados del sistema vigente, afrontar la represión, arriesgar la vida y perseverar noblemente hasta el final. No hay duda: ‘la’ política sistémica es trascendida en todos sus costados por ‘lo’ político de las profundidades historicistas de la soberanía ciudadana.

La política de los políticos, sin embargo, ha monopolizado de modo casi absoluto los procesos políticos en Chile, disolviendo astutamente los procesos soberanos de la sociedad civil en la acidez policial del ‘anarquismo’ y la ‘subversión’. Y por tan largo tiempo (200 años), que la ciudadanía ha perdido varias veces la conciencia de que en ella radica, sólo en ella (y no en el Estado), la soberanía de todo ‘lo’ político. Los sistemas estatales que se han establecido en el país desde 1830 (todos liberales) han cuidado que esa inconciencia se mantenga y profundice. Y han impuesto, a ese efecto, una memoria oficial: la del sistema. Enseñan a obedecer la ley, no a exponer la voluntad soberana. Obligan a mantener el Estado y las leyes vigentes (Ley de Defensa Permanente de la Democracia, de Seguridad Interior del Estado, Ley Anti-Terrorista, etc.), perpetuando el tipo de dominación. El sistema educativo, entre tanto, enseña cultural occidental y gobernabilidad, no gobernanza, etc.

En Chile, como no se ha educado ni se educa al ciudadano a ejercer soberanía ni se han establecidos mecanismos institucionales de carácter participativo, la ciudadanía atiende y ejecuta su conciencia histórica siguiendo dos conductas paralelas: a) irrupciones de protesta en el espacio público, como expresiones de cansancio e ira (“reventones históricos”) que a menudo concluyen en saqueo, vandalismo y violenta colisión con la policía o el ejército, y b) desarrollo de prácticas auto-educativas, o de adaptación a la situación, o de desarrollo de una cultura social crítica, contestataria y revolucionaria, al margen del sistema formal de educación (lo que, a menudo, siendo esta última actividad de carácter sospechoso, induce al sistema central a prepararse, blindando policialmente su cáscara institucional exterior).

Es indudable que, desde 1997, aproximadamente, la baja sociedad civil chilena (los quintiles más desprovistos de la población) ha estado auto-educándose informalmente, al margen del sistema educativo oficial, en sistematizar su conciencia histórica, sus capacidades de autogestión, su crítica y sus propuestas de acción local, proceso vivo que ha combinado con la promoción de diversos “reventones históricos” (grandes o chicos), en el vientre de los cuales es posible detectar y reconocer los componentes de soberanía que trae el movimiento. Y es interesante, en este sentido, observar que la juventud popular (quintiles I, II y III) está invadiendo progresivamente el sistema de educación superior hasta copar, hoy, más de 1/3 de su alumnado. Pero no a efectos de prepararse mejor como ‘emprendedor’ para nadar fluidamente en el Mercado nacional o mundial, sino – al menos los estudiantes de Ciencias Sociales y del área Humanista – para estudiar mejor su situación poblacional, sus identidades, su cultural local, su propia historia, etc. a efectos de potenciar (empoderar) sus respectivas comunidades. Así lo revela el tenor de sus trabajaos de cátedra y sus tesis de licenciatura y post-grado. La auto-educación en la calle, in situ, está siendo pues complementada y potenciada con el auto-conocimiento científico-social que permiten las universidades y otros centros de investigación-acción.

Es que la crisis de representatividad que experimenta hoy la clase política civil chilena (que la ha sumido en un marasmo de confusión y ‘discolidades’), unida a la crisis de legitimidad que arrastra el sistema desde 1973 (refrendada desde 1990) y a la crisis de ineficiencia sistémica (la desigualdad en la distribución del ingreso aumenta día a día, pese a que es ya una suerte de record mundial), han generado un “malestar interior” en unos y en otros, en políticos y ciudadanos, en militares y eclesiásticos, que ya fue detectado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1998. El mismo que, por su carácter histórico, inter-subjetivo y cultural, difícilmente será comprendido y bien tratado por las actuales elites dirigentes del país. Ni el propio ni el de los chilenos en general. Es que no es un problema que puedan resolver ellos. No es cuestión de roles y funciones o de engranajes sistémicos: es, en rigor, un problema histórico que sólo la política soberana de la ciudadanía puede resolver.

Podemos deducir, pues, que, si bien el sistema y las elites sistémicas no harán otra cosa que defenderse de lo que estiman es un nuevo ‘anarquismo’ (sin comprender lo que realmente ocurre), la ciudadanía no podrá hacer otra cosa que insistir en perfeccionar su conciencia histórica, desarrollar al máximo la teoría de su propia soberanía y prepararse para actuar en el momento oportuno, sin que se le escape el control del movimiento.

 

 La Reina, junio 13-14 de 2011.

Feb 17

Vengo en son de paz. :)Les traigo paz, les traigo amor. 

Vengo en son de paz. :)
Les traigo paz, les traigo amor. 

Feb 11

Pequeño Tributo a David Hanus / Barroquejón (Q.E.P.D.)

Concerning The Quest

Conocí a David por medio de su proyecto musical llamado Barroquejón. Llegué a Concerning The Quest: The Bearer And The Ring, obra musical que se basa en el Señor de los Anillos, gracias a una reseña que, curiosamente, realizó hace mucho tiempo la página para la que años después yo trabajaría. Un disco simplemente sensacional, por muchas razones, pero la principal es sin duda duda el hecho de que cada nota, de cada instrumento que allí puede oírse, fue ejecutada por- y sólo- por David. Un día escribí en su página web para felicitarle por su trabajo y al tiempo me escribió de vuelta para agradecerme el gesto. Fue así como poco a poco comenzamos a crear una gran amistad.

Siendo yo de Ovalle y él de Santiago, nuestro contacto estaba siempre limitado por el uso de internet. Me pareció extraño que un día simplemente no se asomara más en el chat en que casi a diario compartíamos impresiones musicales. Pasaron las semanas, los meses, y no se sabía nada de él. Le escribí algún correo y visité su página web para ver si había alguna novedad, pero nada. Comencé a preocuparme y a temer que le pudiese haber pasado algo malo. Grande fue mi sorpresa cuando me escribió que no había podido contestarme antes porque estaba en un tratamiento médico. Sin dar mayor detalle volvió a desaparecer. Intenté comunicarme con su familia, pero era difícil, porque todo lo que tenía era su dirección de correo electrónico, nada de número telefónicos o algo así. Volvió a pasar el tiempo, casi un año, y retomé mi esfuerzo por saber de él. Ingresé a su MySpace y no podía creer lo que leí allí. Amargos mensajes de despedida… David se había ido ya de este mundo. Fue atacado por la siempre cruel leucemia, de manera tan repentina y fuerte que no pudo hacerle frente. David murió el 9 de Febrero del 2009, a la edad de 26 años.

Su legado musical es tan enorme como breve. Nunca antes ni después volví a escuchar algo tan lleno de genialidad como aquél disco debut de Barroquejón. Son 12 piezas dignas del más grande los compositores. Lamentablemente, muy poca gente conoce esta obra, algo sumamente injusto que me he propuesto cambiar. Y por si eso no fuera lo suficientemente injusto, la enfermedad de David llegó cuando se encontraba en la fase final de la producción de su segundo disco: Soundtrack To My End, producción que nunca llegó a terminarse ni a lanzarse. Nunca supe si el final para que el David escribía el soundtrack era el de él mismo, pero conociéndolo, es muy posible. Es posible que supiera de su enfermedad al momento de ponerse a escribir.

No hay homenaje ni tributo posible que le haga justicia a la calidad humana y artística de David, por lo que con esto sólo intento dar a conocer un poco más su obra.

Pueden ingresar al MySpace de David:

http://www.myspace.com/davidhanus/music/songs/Soundtrack-to-my-End-preview-22139735

Allí pueden escucharse tres canciones completas de su primer disco:In Mount Doom, With Faramir, The Awakening of Fangorn. Además, se puede oír un avance de lo que iba a ser su segundo disco, además de un cover de uno de sus artistas favoritos, Wish You The Best, de Per Gessle.

Por otra parte, la discográfica que lanzó el primer disco de David en el 2003, decidió descontinuar su producción, así que me permito subir el disco completo para que la gente pueda apreciarlo. He aquí el link:

http://www.megaupload.com/?d=OF71MSF8

Siéntase libres de difundir este material, así como de contar la historia del gran David Hanus.

Dec 13

Nov 25

La verdad de esta “reforma”.Lavín y la CTM!(Lo hice en paint, así que no reclamen por lo feo, jajaja). 

La verdad de esta “reforma”.
Lavín y la CTM!
(Lo hice en paint, así que no reclamen por lo feo, jajaja). 

Nov 07

Eagle fly free!(Bueno, ni siquiera está volando, pero bueeeno…) 
Ignore el fondo, que es lejos lo más flaite que hay xD.

Eagle fly free!
(Bueno, ni siquiera está volando, pero bueeeno…) 

Ignore el fondo, que es lejos lo más flaite que hay xD.

Nov 05

Un paisaje cualquiera.

Un paisaje cualquiera.

Jul 11

Madness? This is Hollaaaaaand! :@

Madness? This is Hollaaaaaand! :@